Ya que no puedo vencerte, mi querido enemigo intimo, voy a hacerme tu amigo, sin que tú lo adviertas.
Pero... ¿cómo hacerlo? ¿cómo engañar a alguien más astuto que yo, que en teoría me conoce perfectamente?
Ahí está la madre del cordero. Te confías, en tu supuesta sabiduría. Tu punto flaco es la vanidad. Te crees superior a mí, porque supones que me toreas.
¿Cómo actúas? No actúas, te limitas a dirigirme. Piensas que, yo pienso y me muevo en función de ti.
¿Qué hacer, por tanto?
Seguir igual, haciéndote creer, que no me doy cuenta de tus manejos.
Y, poco a poco, ir estrechando lazos de amistad contigo.
Mas, ¿por qué seguir pensando que únicamente deseas mi mal? Existe la posibilidad de que nuestros intereses confluyan.
En segundo lugar, si me destruyes físicamente, tu mueres conmigo.
En tercer lugar, tu calidad de vida disminuiría si yo me deterioro.
Si repaso mi vida, no he tomado ninguna decisión radicalmente mala, ¿serás tan mal enemigo como dicen?
El aforismo ¿¿el peor enemigo es uno mismo??, puede ser sustituido por "tú eres tu mejor amigo".
Y ¿por qué seguir con esta división tan absurda de la personalidad?
Si no es bueno ser suspicaz, con los amigos que me quieren, ni con mi mujer que me adora, porqué serlo con... ¿quién?
¿con mi yo? ¿qué es eso? ¿dónde está? Es un concepto demasiado abstruso.
Realmente, no hay que "ser o no ser", amigo de nuestro enemigo, por muy íntimo que éste sea.
Solo hay que "ser". Ser como Cristo, el cual dijo.
"Yo soy el que soy" Medítalo despacio
Madrid, a 14 de septiembre de 2011
Luis Abad
Comentarios recientes
hace 8 meses
hace 9 meses
hace 9 meses
hace 9 meses
hace 9 meses